Son las 4 de la tarde, de un día frío y gris, Laura llega con su paraguas negro y con timidez toca el timbre de la puerta del centro. Ruedan lágrimas por sus mejillas pálidas como un granizo cuando cae del cielo. ¡Es que le llora el alma! Sin pronunciar palabra se notaba la angustia y la tristeza que llevaba cargando hace ya tiempo.
Se sienta tímidamente en una pequeña sala verde aterciopelada que evoca ese lugarcito donde en casa hace mucho tiempo atrás se hacían tertulias con las tías, con los abuelos, con los papás. Toma una taza de café caliente, cargado de azúcar quizás para endulzar un poco la amargura de estar visitando un lugar de estos que confronta la vida.
Ella, con un rostro cansado, su cabello no tan aliñado, unas ojeras profundas y algo oscuras muestran la suma de muchas largas noches en vela. Es que su amor, amor de la vida, aquel que le tocaba al lado de su cama las melodías con el violín, ¡se ha ido!. El violín no suena más, fueron 54 años juntos y sus manos ya olvidaron hacer música. Por muchos años Laura cuidó su amor desde el amanecer, sin importar su propia vida, quería detener el tiempo y que el reloj no funcionara para que no pasara, que su galán siguiera reconociendo su rostro, siguiera llamándola con cariño como cuando eran adolescentes. ¡Pero no! La demencia se lo arrebató.
Entre sollozos, murmullos y miedos, Laura no puede más, tiene en contra el mundo entero, esos amigos que en épocas de oro fueron acompañados en grandes galas ya no llaman más, una familia que le recuerda sus votos que hizo ante el altar de cuidar en la salud y en la enfermedad y una sociedad dura que juzga con crudeza y dice que lo va a abandonar. Es que en sus ojos muestra que ya no puede más.
Su corazón lo sigue amando, pero su razón necesita buscar ayuda. Es que me estoy muriendo yo también, fueron las palabras que se atrevió a pronunciar. Le inundaba el miedo y la culpa de tenerlo que llevar allí. Ronda en la cabeza preguntas, algunas que se atreve a decir ¿su cama estará adecuada? ¿Su comida a tiempo? ¿Será que podrán quererlo? ¿Cuánto tiempo estarán con él? Y otras preguntas que por prudencia no salieron de su boca pero salían como letreros en sus ojos ¿lo tratarán con cariño? ¿Lo cuidarán bien? ¿Podrán cuidarlo como yo?
Pasaron días y ella regresa, su figura está más fatigada que aquella primera vez, las noches y los días de esta mujer ya eran iguales, la paciencia se le ha agotado, ahora todo molesta, llega el fantasma de la depresión.
Como combatiendo en una guerra, sola y sin municiones, la esposa del violinista se doblega, ahora a su amado otros lo cuidarán. Pasa un día, una noche, otro día y otra noche, una semana. ¡Y por fin se encuentran!
Su amor, bien peinado, caminando lento pero erguido, usando esa fragancia cuan adolescente, la mira con dulzura como si la recordase de algún lado, ella llora por verlo, pero respira profundamente pues sabe que en un acto de amor no puede estar en un lugar mejor.
Ya ella recuperó su luz, llega cada día linda como en épocas de juventud, se dibuja una sonrisa en el rostro, corre a ver su amado, lo toma de la mano y siguen caminando juntos por toda la eternidad.